El Cantinero arrastró un taburete hasta la mesa que ocupaban sus recién llegados clientes.
-¿este sabe ya algo?
-Nada, hemos intentado hablar con él, pero no es fácil.
-Cagüentodoloquesemenea. Alñ final siempre tengo que hacer yo las cosas.
Fernando se dio cuenta de que el cantinero no era cubano. ¿Asturiano quizá?
- Escucha hijo
- Yo no soy su hijo
- Pero podías serlo, no en vano yo fui novio de tu madre hasta que tu padre apareció en escena. Pero no es eso de lo que quiero hablarte. Escucha sin interrumpirme. Tu padre está muy enfermo, si es que no ha muerto ya
- ¡Papá!
- Calla, coño. Carlos, dile a tu hermano que, o se calla, o le amordazo.
- Me callo, me callo
- Bien. Para cuando ese pájaro que es tu padre se enamoró de la gacela brasileña, ya hacía años que éramos los dos socios de un negocio… digamos que de muuuuuuuchos años. Un tesoro.
- ¿Cómo los de los piratas?
- Igualito. Te resumo. Cuando tu padre se fijÓ en tu madre, en aquel entonces mi novia, él y yo compartíamos piso. Vivíamos en la casa que mi abuela me prestaba en Madrid, él me alquilaba una habitación. A raíz de lo de tu madre nos peleamos a muerte. Pero la suerte siempre estuvo de parte de tu padre y, cuando le eché de casa, él se llevó una caja que había encontrado en un escondite secreto de su habitación, una especie de trampilla oculta en un falso techo. La caja… la caja, que ha estado con nosotros hasta hace unos días, se ha extraviado, pero ya te digo que contenía información importantísima para localizar un tesoro que, parece ser, escondió hace años unos de mis antepasados, Sebastian Hernández Fonseca. Tu padre se portó como el amigo que siempre había sido y me la devolvió, pero también se portó como el hijoputa en que se había convertido y se quedó con la principal información: el Mapa. ¿me sigues?
Fernando pensó en la caja gris, y en la calavera del mono, y empezó a ver la luz. Miró a Danay y ella le hizo señas de que no dijese nada.
- ¿Y qué tengo que ver yo en esta historia?
20. Cantinero de cuba
Fernando observó atentamente la cantina, un antrazo lleno de redes de pesca colgadas del techo, aparejos en las paredes, caracolas, estrellas de mar, cañas de pescar y un ancla enorme en una esquina. El techo era de corcho, pero de un corcho amarillo, sucio, pensó que sería de la grasaza de la comida, pero enseguida se dió cuenta de que el corcho estaba amarillo por el humo de los cigarros y de los puros que ahí estaban fumando.
Apenas había diez mesas, un tercio ocupadas por viejos que chupaban sus puros, hablaban bajito y les miraban expectantes mientras daban sorbos a sus vasos llenos de ron.
El cantinero le sacó de su ensimismamiento.
- ¡Eh!
El cantinero le hizo un gesto para que lo siguiera detras de la barra. Pasó a través de la cocina siguiendo los pasos de Danay y el resto.
-Mmmmmm esas caderas.....
Bajaron unas escaleras y llegaron a una especie de almacén con una pequeña lámpara. Se sentaron alrededor de una mesa de cocacola; el cantinero le miró y después se dirigió a Carlos:
-¿Es éste?
- Sí - respondió Carlos - éste es Fernando.
- Estamos apañados - dijo por lo bajinis - pero no lo suficiente como para que Fernando no lo oyera.
- ¿De qué coño va todo esto Carlos? ¿Quién demonios es este individuo y qué hacemos en este antro?, - dijo Fernando medio enfadado y medio asustado de no poder controlar lo que estaba pasando.
Cándida le agarró la mano y le dijo al oído:
Apenas había diez mesas, un tercio ocupadas por viejos que chupaban sus puros, hablaban bajito y les miraban expectantes mientras daban sorbos a sus vasos llenos de ron.
El cantinero le sacó de su ensimismamiento.
- ¡Eh!
El cantinero le hizo un gesto para que lo siguiera detras de la barra. Pasó a través de la cocina siguiendo los pasos de Danay y el resto.
-Mmmmmm esas caderas.....
Bajaron unas escaleras y llegaron a una especie de almacén con una pequeña lámpara. Se sentaron alrededor de una mesa de cocacola; el cantinero le miró y después se dirigió a Carlos:
-¿Es éste?
- Sí - respondió Carlos - éste es Fernando.
- Estamos apañados - dijo por lo bajinis - pero no lo suficiente como para que Fernando no lo oyera.
- ¿De qué coño va todo esto Carlos? ¿Quién demonios es este individuo y qué hacemos en este antro?, - dijo Fernando medio enfadado y medio asustado de no poder controlar lo que estaba pasando.
Cándida le agarró la mano y le dijo al oído:
- Shh, tranquilícese señorito y escuche lo que le tienen que contar.
19. Otros ojos
Fernando fingió despertar. Aun así, tuvo la sensación de que había pasado una semana entera encerrado en aquel coche.
Camagüey le había parecido una ciudad más, con bloques de viviendas surcados por cables en todas las direcciones, que transferían canales de televisión clandestinos, energía eléctrica o teléfono de una casa a otra. Pero Cabo Cruz... aquello eran otras palabras.
Al ver las montañas alrededor Fernando sintió que estaba dentro de uno de sus libros 3D. Por primera vez se relajó, cruzó la vista en su mente y vio la isla con otros ojos. Aquel lugar no estaba tan mal. "¿Yo podría vivir aquí?", pensó para sus adentros.
Salieron del coche. Fernando, Carlos, la señora Cándida, Miguel y Danay se dirigieron a una cantina cercana a la costa. Danay parecía nerviosa. Carlos lo notó, pero no dijo nada. Llevaba mucho tiempo planeando todo y no quería levantar sospechas.
Conforme subían por la pasarela de madera, Fernando palpó en su bolsillo el frasco con el líquido azulado que había en la caja. Ignoraba lo que era, pero apretó la mano como gesto para afianzarlo. Entraron en la cantina y se sentaron alrededor de una mesa.
- Llegáis tarde -dijo el cantinero.
- Lo siento, ya conoces las carreteras -dijo Carlos.
- No quiero que os retraséis nunca más -dijo el cantinero.
Camagüey le había parecido una ciudad más, con bloques de viviendas surcados por cables en todas las direcciones, que transferían canales de televisión clandestinos, energía eléctrica o teléfono de una casa a otra. Pero Cabo Cruz... aquello eran otras palabras.
Al ver las montañas alrededor Fernando sintió que estaba dentro de uno de sus libros 3D. Por primera vez se relajó, cruzó la vista en su mente y vio la isla con otros ojos. Aquel lugar no estaba tan mal. "¿Yo podría vivir aquí?", pensó para sus adentros.
Salieron del coche. Fernando, Carlos, la señora Cándida, Miguel y Danay se dirigieron a una cantina cercana a la costa. Danay parecía nerviosa. Carlos lo notó, pero no dijo nada. Llevaba mucho tiempo planeando todo y no quería levantar sospechas.
Conforme subían por la pasarela de madera, Fernando palpó en su bolsillo el frasco con el líquido azulado que había en la caja. Ignoraba lo que era, pero apretó la mano como gesto para afianzarlo. Entraron en la cantina y se sentaron alrededor de una mesa.
- Llegáis tarde -dijo el cantinero.
- Lo siento, ya conoces las carreteras -dijo Carlos.
- No quiero que os retraséis nunca más -dijo el cantinero.
LA MONEDA
Fernando seguía con interés nulo las explicaciones turísticas que recibía de cada lugar por donde pasaban. Intentaba concentrarse en sus pensamientos pero, con aquella cotorra de Cándida intentando que supiese todo lo que había que saber de cada aldea era imposible. Fingió dormir.
- Su hermano es imposible, ha vuelto a dormirse.
- Déjalo Candida, que descanse. Lo necesitamos bien espabilado.
Ahora sí podía pensar a gusto.
Visualizó la moneda. Era grande, como de cobre, pesaba bastante. Nunca hasta ese momento había sabido de donde salía. Por los papeles que le enseñó Danay, parecía que era parte de un tesoro, de un tesoro escondido que su padre sabía donde encontrar.
Su padre, gran tipo. De niño siempre le hablaba de los piratas, de las islas, del mar. No le extrañó que se fugase con una brasileña. Su madre era buena mujer, pero de Soria, poca sangre aventurera. Él era como su madre, aunque querría haber sido como su padre. Carlos sí era aventurero… Y Danay preciosa… La moneda… la suya, la que él tenía en casa era parte de un lote que su padre le dio a guardar antes de irse: Una moneda, un par de guantes de boxeo, la licencia del taxi y la calavera de mono… ¡Hostia, la calavera! No se había vuelto a acordar de ella. Se la cambio al colega ese de la librería de viejo por un lote especial de libros en 3D. Nunca le gustó, era repelente. Por si no fuera poco con saber que era un cráneo de mono muerto, pensar que alguien había grabado aquel mapa, con un cuchillo, rascando… le daba dentera sólo de pensarlo. Fernando recordaba exactamente como era el mapa… ¿del tesoro? Dioses, él sabía donde estaba escondido el tesoro… y Carlos, quien sabe por qué, se lo imaginaba… ¿Podía fiarse de Carlos? ¿Por qué Danay le dio a él la caja a escondidas de su hermano? ¿Podía fiarse de Danay?
- Despierta tío, te lo estás perdiendo todo. Ya casi hemos llegado.
- Su hermano es imposible, ha vuelto a dormirse.
- Déjalo Candida, que descanse. Lo necesitamos bien espabilado.
Ahora sí podía pensar a gusto.
Visualizó la moneda. Era grande, como de cobre, pesaba bastante. Nunca hasta ese momento había sabido de donde salía. Por los papeles que le enseñó Danay, parecía que era parte de un tesoro, de un tesoro escondido que su padre sabía donde encontrar.
Su padre, gran tipo. De niño siempre le hablaba de los piratas, de las islas, del mar. No le extrañó que se fugase con una brasileña. Su madre era buena mujer, pero de Soria, poca sangre aventurera. Él era como su madre, aunque querría haber sido como su padre. Carlos sí era aventurero… Y Danay preciosa… La moneda… la suya, la que él tenía en casa era parte de un lote que su padre le dio a guardar antes de irse: Una moneda, un par de guantes de boxeo, la licencia del taxi y la calavera de mono… ¡Hostia, la calavera! No se había vuelto a acordar de ella. Se la cambio al colega ese de la librería de viejo por un lote especial de libros en 3D. Nunca le gustó, era repelente. Por si no fuera poco con saber que era un cráneo de mono muerto, pensar que alguien había grabado aquel mapa, con un cuchillo, rascando… le daba dentera sólo de pensarlo. Fernando recordaba exactamente como era el mapa… ¿del tesoro? Dioses, él sabía donde estaba escondido el tesoro… y Carlos, quien sabe por qué, se lo imaginaba… ¿Podía fiarse de Carlos? ¿Por qué Danay le dio a él la caja a escondidas de su hermano? ¿Podía fiarse de Danay?
- Despierta tío, te lo estás perdiendo todo. Ya casi hemos llegado.
17. Destino Cabo Cruz
Y murió. El Sr. D. Carlos fallecía a las 17:26 horas del 7 de julio arropado por casi toda su familia.
……
Fernando abrió los ojos, viéndose recostado sobre el asiento trasero del Cadillac conducido por Miguel. Horas antes, Carlos ayudado por Miguel había cargado del desvanecido y ebrio Fernando hasta el vehículo, donde los cinco emprendían viaje hacia el sur de la isla. Les esperaba una travesía difícil y dura, por caminos castigados por los años.
Entonces, observó la situación, y se extrañó:
- Carlos, ¿qué hacemos? ¿a dónde vamos?...¿que hacemos todos, Danay, la Sra. Cándida, Miguel… todos en el coche? – y de nuevo, se calló, y recordó de repente una frase, la última: “Papá se muere”. Estaba confundido, mareado, con el pensamiento disperso, se sentía mal, su cuerpo respondía ralentizado. Era una resaca espantosa la que tenía Fernando.
La Sra. Cándida le dio una botella de agua con limón.
- Tómela Señorito Fernando. Se sentirá mejor – y sonrió.
Todos callaban en el interior del vehículo, y pensamientos veloces iban y venían ocupando una pequeña, o la total, parte de su cerebro: “papá se muere”, “la moneda que llevaba consigo”, “Fernando y el tesoro robado?” “¿la última voluntad de quién? ¿de su padre?”… “Dios mío, ¿qué hago yo aquí en Cuba?”… y a los pocos minutos, quedó nuevamente dormido.
Atravesaban Cienfuegos, cuando despertó por fin más aliviado. Era el turno de Carlos.
- Fernando, estamos viajando rumbo a Camagüey. Allí haremos nuestra penúltima parada antes de llegar a Cabo Cruz. Para todos es nuestro primer y, seguramente, último viaje… allí vive papá.
……
Carlos desconocía algo, había tratado de jugar bien sus cartas pero por alguna razón, no se habían mezclado adecuadamente. Fernando no volvería a encontrarse con su padre.
16. Voluntad
Carlos tenía preparado un día muy especial para su hermano. Le llevaría a conocer La Habana y se harían fotos en el Malecón, tratarían de tomar algo en la Bodeguita de Enmedio y quiso creer que acabarían en un hotel con alguna chica cubana, pero lo cierto es que no esperaba que Fernando se esmerara en nada concerniente al sexo opuesto.
- Buenos día Carlos, ¿qué planes hay para hoy?
- Pues había pensado que fuésemos a la Habana y conocie..- en este instante le interrumpió Fernando.
- Carlos, yo no tengo muy claro que quiera estar en Cuba ¿puedo volver a casa?. Fernando había decidido meter en un rincón muy chiquitito de su cerebro todo lo acontecido con Danay, con el tesoro y con su aterrizaje en general. Lo quería guardar en el mismo rincón cerebral que guardó los buenos recuerdos compartidos con su padre.
- Esto, Fernando, ¡acabamos de llegar! ¿tienes idea de cuánto cuestan los billetes?. Nos vamos a quedar sólo unas semanas.
- ¿Pero, qué hacemos en Cuba?, ¿por qué Cuba?
- Te lo contaré mientras paseamos por la Habana.
Cogieron un taxi que les llevó directamente a la Bodeguita de Enmedio.
- Fernando, aquí ponen los mejores mojitos, son insuperables. Este sitio está un poco deprimido, pero aquí han actuado los mejores artistas de Cuba...
Carlos hablaba y hablaba y Fernando sólo pensaba que La Habana le estaba pareciendo un lugar muy sucio y triste, un poco antiguo, pero parecía que su hermano hubiese vivido allí siempre. Saludó a los vendedores de la puerta por sus nombres y se acercó a una mujer con su niña, le habló discretamente y le entregó lo que parecía una bolsa con ¿pañales?.
- Carlos, no me gusta esto que tiene hierbas en el vaso.
- Fernando, se llama mojito y está exquisito, bebe hombre, bebe.
Un mojito más tarde Fernando estaba borracho, nunca bebía, miró a su hermano Carlos y le dijo.
- No me encuentro bien, creo que se me está hinchando la lengua, casi no puedo hablar, Fernando, no me quiero morir en Cuba, pero si eso pasa, déjale toda mi ropa a Danay, ella lo comprenderá.
- ¿De qué me estás hablando Fernando? Estas borracho nada más.
- ¿No me estoy muriendo?
- Claro, que ¡no!
- Pues entonces ¿¡qué estamos haciendo aquí!? quiero mi explicación.- Se levantó Fernando con el dedo apuntando al cielo y casi se cae al suelo.
- ¡Siéntante! todos nos miran. Fernando, hemos venido porque eres la última voluntad de Papá.
- ¡Papá se muere!, gritó Fernando y acto seguido, su frente golpeó la mesa y así se quedó hasta que Carlos decidió que era hora de irse.
- Buenos día Carlos, ¿qué planes hay para hoy?
- Pues había pensado que fuésemos a la Habana y conocie..- en este instante le interrumpió Fernando.
- Carlos, yo no tengo muy claro que quiera estar en Cuba ¿puedo volver a casa?. Fernando había decidido meter en un rincón muy chiquitito de su cerebro todo lo acontecido con Danay, con el tesoro y con su aterrizaje en general. Lo quería guardar en el mismo rincón cerebral que guardó los buenos recuerdos compartidos con su padre.
- Esto, Fernando, ¡acabamos de llegar! ¿tienes idea de cuánto cuestan los billetes?. Nos vamos a quedar sólo unas semanas.
- ¿Pero, qué hacemos en Cuba?, ¿por qué Cuba?
- Te lo contaré mientras paseamos por la Habana.
Cogieron un taxi que les llevó directamente a la Bodeguita de Enmedio.
- Fernando, aquí ponen los mejores mojitos, son insuperables. Este sitio está un poco deprimido, pero aquí han actuado los mejores artistas de Cuba...
Carlos hablaba y hablaba y Fernando sólo pensaba que La Habana le estaba pareciendo un lugar muy sucio y triste, un poco antiguo, pero parecía que su hermano hubiese vivido allí siempre. Saludó a los vendedores de la puerta por sus nombres y se acercó a una mujer con su niña, le habló discretamente y le entregó lo que parecía una bolsa con ¿pañales?.
- Carlos, no me gusta esto que tiene hierbas en el vaso.
- Fernando, se llama mojito y está exquisito, bebe hombre, bebe.
Un mojito más tarde Fernando estaba borracho, nunca bebía, miró a su hermano Carlos y le dijo.
- No me encuentro bien, creo que se me está hinchando la lengua, casi no puedo hablar, Fernando, no me quiero morir en Cuba, pero si eso pasa, déjale toda mi ropa a Danay, ella lo comprenderá.
- ¿De qué me estás hablando Fernando? Estas borracho nada más.
- ¿No me estoy muriendo?
- Claro, que ¡no!
- Pues entonces ¿¡qué estamos haciendo aquí!? quiero mi explicación.- Se levantó Fernando con el dedo apuntando al cielo y casi se cae al suelo.
- ¡Siéntante! todos nos miran. Fernando, hemos venido porque eres la última voluntad de Papá.
- ¡Papá se muere!, gritó Fernando y acto seguido, su frente golpeó la mesa y así se quedó hasta que Carlos decidió que era hora de irse.
15. Memoria fotográfica
Cenaron en la terraza techada con madera antigua. Fernando seguía absorto en lo que había visto en la caja, pero Carlos no se daría cuenta porque, al fin y al cabo, Fernando siempre lucía la misma cara de no saber qué estaba pasando. No terminaba de comprender por qué Danay le había dado a él la caja, por qué no lo debía saber su hermano, si seguro que conocía el secreto de la familia,…
Cuando Cándida repartió las habitaciones, Fernando se puso el feísimo bañador de flores y bajó a darse un baño a la piscina iluminada, la estampa era de cuento de hadas. Se dejó caer en el agua, se movió como un zopenco acuático y encontró en las escaleras romanas un buen lugar para tumbarse, con el agua por el cuello. Se le cerraban los ojos, estaba roto de cansancio del viaje y por otro lado la mente le iba demasiado rápido.
De repente, abrió los ojos con un gran sobresalto, no sabía siquiera si se había llegado a dormir, pero aquello que vio en su mente fue del todo nítido. Miró en todas las direcciones, pero allí no quedaba nadie. Salió del agua corriendo, se enrolló la toalla como pudo y subió las escaleras empapándolas. Buscó entre la maleta que aún no había deshecho y lo encontró. La moneda que su padre le dio hacía tantos años y que nunca había perdido de vista, era exactamente idéntica a la que aparecía dibujada en uno de los papeles sueltos que estaban en la caja. “Memoria fotográfica, gracias a los libros de 3D” pensó esbozando una sonrisa…
Algo le decía que papá sabía dónde iba a estar la caja… ¿dónde dijeron que vivía? ¿cuándo dijeron que iba a venir?
Cuando Cándida repartió las habitaciones, Fernando se puso el feísimo bañador de flores y bajó a darse un baño a la piscina iluminada, la estampa era de cuento de hadas. Se dejó caer en el agua, se movió como un zopenco acuático y encontró en las escaleras romanas un buen lugar para tumbarse, con el agua por el cuello. Se le cerraban los ojos, estaba roto de cansancio del viaje y por otro lado la mente le iba demasiado rápido.
De repente, abrió los ojos con un gran sobresalto, no sabía siquiera si se había llegado a dormir, pero aquello que vio en su mente fue del todo nítido. Miró en todas las direcciones, pero allí no quedaba nadie. Salió del agua corriendo, se enrolló la toalla como pudo y subió las escaleras empapándolas. Buscó entre la maleta que aún no había deshecho y lo encontró. La moneda que su padre le dio hacía tantos años y que nunca había perdido de vista, era exactamente idéntica a la que aparecía dibujada en uno de los papeles sueltos que estaban en la caja. “Memoria fotográfica, gracias a los libros de 3D” pensó esbozando una sonrisa…
Algo le decía que papá sabía dónde iba a estar la caja… ¿dónde dijeron que vivía? ¿cuándo dijeron que iba a venir?
14.Colba
Fernando cerró el cuaderno.
Había 3 o 4 libretas iguales a esta, escritos de principio a fin, con dibujos y anotaciones en los márgenes….
Cogió uno de los mapas, eran tan antiguo que Fernando tuvo miedo a que se hiciera polvo en sus manos. Lo miro con mucho cuidado.
- Esto era Cuba o Colba como se conocía mucho antes de que Colón atracara con sus barcos – indicó Danay viendo la cara de pasmo que tenía Fernando.
Oficialmente, en la isla está enterrado un tesoro, el tesoro de su familia;
Fernando miraba a Danay como si estuviera viendo una película en chino con subtítulos en ruso.
- Danay, ¿qué coño me estas contando?
- A ver, señorito, no se haga bulla y abra su mente, en esta caja esta toda la información que tenía su padre de un tesoro que escondió hace mucho tiempo. Un tesoro que robó, son unas monedas que transportaba un barco español y que tuvo la desgracia de naufragar cerca de nuestra isla.
Desconozco como se hizo su padre con esas monedas tan antiguas, pero Cándida seguro que si lo sabe y el señorito Carl-lo seguro que también.
... Fernando estaba completamente perdido... Con lo tranquilo que estaba él probándose zapatitos de mujer y viendo que piernas tan estilizadas le hacían y en cuestión de segundos, estaba inmerso en un follón de tres pares de narices, de un tesoro de unas monedas del año de Maricastaña……. ME CAGONELMAMONDEMIHERMANO! Por eso tanta insistencia en que viniéramos a cuba y no que nos fuéramos a Benidorm!
Recogió todos los papeles, recortes, libretas y los metió en la caja gris, dándosela a Danay, le pidió que la guardara en un sitio seguro.
Salieron de la habitación, Fernando se dirigió a la cocina donde le esperaba su hermano y Danay en dirección contraria para esconder la caja.
Había 3 o 4 libretas iguales a esta, escritos de principio a fin, con dibujos y anotaciones en los márgenes….
Cogió uno de los mapas, eran tan antiguo que Fernando tuvo miedo a que se hiciera polvo en sus manos. Lo miro con mucho cuidado.
- Esto era Cuba o Colba como se conocía mucho antes de que Colón atracara con sus barcos – indicó Danay viendo la cara de pasmo que tenía Fernando.
Oficialmente, en la isla está enterrado un tesoro, el tesoro de su familia;
Fernando miraba a Danay como si estuviera viendo una película en chino con subtítulos en ruso.
- Danay, ¿qué coño me estas contando?
- A ver, señorito, no se haga bulla y abra su mente, en esta caja esta toda la información que tenía su padre de un tesoro que escondió hace mucho tiempo. Un tesoro que robó, son unas monedas que transportaba un barco español y que tuvo la desgracia de naufragar cerca de nuestra isla.
Desconozco como se hizo su padre con esas monedas tan antiguas, pero Cándida seguro que si lo sabe y el señorito Carl-lo seguro que también.
... Fernando estaba completamente perdido... Con lo tranquilo que estaba él probándose zapatitos de mujer y viendo que piernas tan estilizadas le hacían y en cuestión de segundos, estaba inmerso en un follón de tres pares de narices, de un tesoro de unas monedas del año de Maricastaña……. ME CAGONELMAMONDEMIHERMANO! Por eso tanta insistencia en que viniéramos a cuba y no que nos fuéramos a Benidorm!
Recogió todos los papeles, recortes, libretas y los metió en la caja gris, dándosela a Danay, le pidió que la guardara en un sitio seguro.
Salieron de la habitación, Fernando se dirigió a la cocina donde le esperaba su hermano y Danay en dirección contraria para esconder la caja.
13. 1667
Diario de abordo de Sebastián Hernández Sonseca, capitán del galeón español Nuestra Señora de la Esperanza:
2 de septiembre de 1667, Isla de San Juan Evangelista, al sur de la Villa de San Cristóbal de La Habana, tras semanas de trabajo, la tripulación ya ha terminado de realizar las excavaciones, el tesoro del Rey descansa a salvo de piratas y corsarios./…/ De vuelta a la Habana, la tripulación ha sido retenida a su desembarco y posteriormente ajusticiada. Las dos únicas personas que conocemos el emplazamiento del tesoro somos su Eminencia el Maese inquisidor Ignacio Hermida y un servidor.
Sebastián cerró su diario y se tendió un rato sobre el jubón, no se fiaba el inquisidor y sospechaba que sus días estaban llegando a su final. Sobre la mesa reposaba su amuleto de la suerte, la calavera de un pequeño primate testigo de su primer viaje a las Indias, no tardó mucho en grabar un rudimentario mapa de la isla sobre ella antes de ocultarla bajo las tablas del suelo de su estancia.
No estaba desencaminado Sebastián en sus pensamientos, ya que fue envenenado esa misma noche mientras disfrutaba de una copiosa cena con su Eminencia, quién por esas casualidades del destino fallecería pocas semanas más tarde bajo unas intensas fiebres cuando ya avistaba las costas de Canarias. Los marinos, que siempre fueron supersticiosos, no dudaron ni un instante en alimentar a los peces con el enorme cadáver del mezquino inquisidor.
2 de septiembre de 1667, Isla de San Juan Evangelista, al sur de la Villa de San Cristóbal de La Habana, tras semanas de trabajo, la tripulación ya ha terminado de realizar las excavaciones, el tesoro del Rey descansa a salvo de piratas y corsarios./…/ De vuelta a la Habana, la tripulación ha sido retenida a su desembarco y posteriormente ajusticiada. Las dos únicas personas que conocemos el emplazamiento del tesoro somos su Eminencia el Maese inquisidor Ignacio Hermida y un servidor.
Sebastián cerró su diario y se tendió un rato sobre el jubón, no se fiaba el inquisidor y sospechaba que sus días estaban llegando a su final. Sobre la mesa reposaba su amuleto de la suerte, la calavera de un pequeño primate testigo de su primer viaje a las Indias, no tardó mucho en grabar un rudimentario mapa de la isla sobre ella antes de ocultarla bajo las tablas del suelo de su estancia.
No estaba desencaminado Sebastián en sus pensamientos, ya que fue envenenado esa misma noche mientras disfrutaba de una copiosa cena con su Eminencia, quién por esas casualidades del destino fallecería pocas semanas más tarde bajo unas intensas fiebres cuando ya avistaba las costas de Canarias. Los marinos, que siempre fueron supersticiosos, no dudaron ni un instante en alimentar a los peces con el enorme cadáver del mezquino inquisidor.
12. Un tesoro
- Sí... esto... pasa... -balbuceó Fernando, mientras él escondía las sandalias bajo la cama de un puntapié y Danay, la caja dentro del armario.
- Perdona el retraso. Tengo cosas importantes que contarte y no tenemos tiempo que perder. Hola, Danay.
- Hola, señol Cal-lo. El señorito Fernando estaba a punto de volver a la cocina.
- Perfecto. Pero no te retrases, Fernando. Sabes que odio los retrasos.
Carlos salió de la habitación. Danay guiñó un ojo a Fernando, que se sentó en la cama y murmuró para sí mismo:
- Odia los retrasos... Hay que joderse.
Cogió la caja gris y la abrió. Su contenido le sorprendió: había varios cuadernos, unos mapas, fotos, recortes, papeles sueltos, una lente de aumento, un crucifijo, un frasco con un líquido azulado y una calavera junto a una hoja de tabaco amarradas con una cuerda.
Nervioso, Fernando preguntó a Danay:
- ¿Qué es todo esto?
- Señorito Fernando, tengo que contal-le algo.
- ¿¡Qué es todo esto!? ¡Joder!
- No me estrese, Fernando. ¿Alguna vez ha escuchado a su mamá decir algo de un tesoro pirata que su papá enterró en Cuba?
- No sé de qué me hablas.
- Me lo imaginaba, señorito Fernando. Pero pronto lo va usted a saber.
- Perdona el retraso. Tengo cosas importantes que contarte y no tenemos tiempo que perder. Hola, Danay.
- Hola, señol Cal-lo. El señorito Fernando estaba a punto de volver a la cocina.
- Perfecto. Pero no te retrases, Fernando. Sabes que odio los retrasos.
Carlos salió de la habitación. Danay guiñó un ojo a Fernando, que se sentó en la cama y murmuró para sí mismo:
- Odia los retrasos... Hay que joderse.
Cogió la caja gris y la abrió. Su contenido le sorprendió: había varios cuadernos, unos mapas, fotos, recortes, papeles sueltos, una lente de aumento, un crucifijo, un frasco con un líquido azulado y una calavera junto a una hoja de tabaco amarradas con una cuerda.
Nervioso, Fernando preguntó a Danay:
- ¿Qué es todo esto?
- Señorito Fernando, tengo que contal-le algo.
- ¿¡Qué es todo esto!? ¡Joder!
- No me estrese, Fernando. ¿Alguna vez ha escuchado a su mamá decir algo de un tesoro pirata que su papá enterró en Cuba?
- No sé de qué me hablas.
- Me lo imaginaba, señorito Fernando. Pero pronto lo va usted a saber.
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