07. La Casa Weyler

El taxista arrebató la maleta de su manó y la colocó junto a la de Carlos en el maletero del coche. Prefirió no pensar en qué otras porquerías había metido ese hombre ahí detrás y se sentó en el lado izquierdo trasero, justo detrás del conductor.

Carlos iba sentado junto al taxista y charlaba animadamente con él, como si le conociese de toda la vida.

Dejaron atrás el Aeropuerto Internacional José Martí, y enfilaron una avenida que, la verdad, no parecía tercer mundista. Fernando siempre había pensado que cuba era un país en donde solo había hambre, prostitutas y carreteras sin asfaltar. Se anotó mentalmente comprar algún libro diferente a "El Ojo Mágico" cuando regresase a casa.

Atravesaron zonas de nombres tan rimbombantes como Los Ángeles -interesante nombre para un país cuyo dirigente odia los Estados Unidos, pensó Fernando-, Los Quemados, Marinao y Cubanacán. Algunos de esos barrios sí se parecian más a su idea preconcebida de Cuba. Montones de casas y garitos hacinados en los que pensaba que no podrían vivir personas normales aunque por el aspecto risueño de sus habitantes pareciese que vivían en palacios, rodeados de riqueza. Cosas del calor, supuso.

Tras otros diez minutos atravesando hacinamientos de viviendas, empezó a ver más arboles y le dió la sensación de que habían cambiado de país. Miró el nombre de la calle, que decía "25 Avenue" y pensó si habrían atravesado un vórtice temporal o algo así. Cinco minutos más tarde, se pararon en la intesección de las calles 21 y 150.

Mientras el tal Miguel bajaba las maletas del coche, Carlos le dijo -date la vuelta ahora, hermano, y disponte a entrar en nuestra historia-.

Se encontraban en la entrada de una mansión que parecía sacada de una película de Hollywood. Palmeras, una piscina más grande que las que salían en las olimpiadas y una música de tambores que parecía salir de todas partes. Caminaron cinco minutos, en silencio hasta que llegaron a la entrada de la casa. Parecía que no había nadie.

El calor, la humedad y los malditos tambores -¿es mi sensación o cada vez suenan más altos?- le estaban levantando dolor de cabeza.

9 comentarios:

Maria dijo...

Genial..... ni muertos ni gente rara, solo el Porfirio,...ay Madre y yo sin ir a Cuba.
Muy bien Rubencio

Sara O dijo...

¿Fernandito es de familia bien? Mira tú qué cosas.
Esto pinta bien, aunque Porfirio se llamaba Miguel en el post anterior...

Maria dijo...

ay jajajajaja Sara es verdad.- Ya estamos como en el post 3 derepente Fernando era lector. me río, pero me preocupo eh.

Oli dijo...

¡Está muy bien! De hecho, aquí está la intersección entre las calles 21 y 150. ¡Si se ve la piscinica!


OLI I7O

Sara O dijo...

Oli tiene razón: Rubén, si llevase sombrero me lo quitaría, toy impresionada.

Maria dijo...

También me lo quito

Don Charlatan dijo...

Totalmente cierto Sara. Eso me pasa por no quedarme con los detalles como es debido, y por escribir deprisa, corriendo y con los putos tambores de fondo ;)

Malva da Pao dijo...

me toca me toca!!! me dais un par de dias para que recopile toda la info??

Don Charlatan dijo...

Hago notar que a pesar de que en el post anterior, Carlos pide a Miguel que les lleve a la Villa Fiorina y yo he titulado el post La Casa Weyler, los dos nombres -a pesar de que pueda parecer raro- se refieren al mismo lugar. La ubicación de la Villa Fiorina, está encima de lo que antaño se conocía como La Casa Weyler, residencia durante un breve espacio de tiempo de Valeriano Weyler, Capitán General de Cuba nombrado en Febrero de 1896 y retirado de ese mismo cargo en Octubre de 1897.

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