A las nueve de la noche ya no quería hablar con nadie, se encerró en su cuarto, se puso el pijama y abrió su libro favorito por una página al azar. Repetía esta acción desde hace años, cada noche en que el resto del día no había sido agradable, cuando charlar a esas horas con su anciana madre no le aportaba nada, cuando no quedaban cereales de los del tigre o cuando los clientes de su sucia cuadra-taxi habían sido parcos en propinas.
En la página 8 de “
El Ojo Mágico” ya sabía lo que iba a descubrir tras pegar la nariz al gastado papel maché e irse separando lentamente. Los colores se juntarían, las líneas se convertirían en figuras y formarían dos delfines, un cofre y las ruinas de un barco antiguo en el paisaje azulado.
A sus 39 años Fernando sólo tenía en su habitación libros de imágenes en 3d, no tenía ordenador, ni televisión, su madre sí. En la agenda de su teléfono móvil monocromo aparecían pocos números: “Carlos Hermano”, “Carlos Casa”, “Casa”, “Mamá”, “Telepizza”, …
Lo que Fernando recordaba como el mejor día de su vida fue cuando, días después de aprobar el carné de conducir, heredó la licencia de taxi de su padre. Guardaba buenos recuerdos de los días en que, con 20 años, acompañaba a papá a ese club de brasileñas de la A-1. Para él, el peor día de su vida fue cuando papá anunció que abandonaba el país para formar otra familia al otro lado del charco junto a la joven Graciela.
A las diez menos cuarto ya dormía.