12. Un tesoro

- Sí... esto... pasa... -balbuceó Fernando, mientras él escondía las sandalias bajo la cama de un puntapié y Danay, la caja dentro del armario.
- Perdona el retraso. Tengo cosas importantes que contarte y no tenemos tiempo que perder. Hola, Danay.
- Hola, señol Cal-lo. El señorito Fernando estaba a punto de volver a la cocina.
- Perfecto. Pero no te retrases, Fernando. Sabes que odio los retrasos.

Carlos salió de la habitación. Danay guiñó un ojo a Fernando, que se sentó en la cama y murmuró para sí mismo:

- Odia los retrasos... Hay que joderse.

Cogió la caja gris y la abrió. Su contenido le sorprendió: había varios cuadernos, unos mapas, fotos, recortes, papeles sueltos, una lente de aumento, un crucifijo, un frasco con un líquido azulado y una calavera junto a una hoja de tabaco amarradas con una cuerda.

Nervioso, Fernando preguntó a Danay:

- ¿Qué es todo esto?
- Señorito Fernando, tengo que contal-le algo.
- ¿¡Qué es todo esto!? ¡Joder!
- No me estrese, Fernando. ¿Alguna vez ha escuchado a su mamá decir algo de un tesoro pirata que su papá enterró en Cuba?
- No sé de qué me hablas.
- Me lo imaginaba, señorito Fernando. Pero pronto lo va usted a saber.

11. La Caja Gris

Tan pronto como Fernando se retiró a su habitación, Carlos se puso en marcha. Él y Cándida apartaron todas las cosas de la gran mesa de la cocina y pidieron a Miguel que les ayudase trayendo la caja gris del segundo cajón de la alacena.

- ¿Estas segura de que estaba en ese cajón Cándida?
- Segurísima, la he visto esta mañana.
- Pues ya no está.
- Miguel no me asustes. En esa caja está todo, los mapas, las cartas, los recortes, las fotos…
- Pues hay que decírselo al señorito Carlos. La caja ha desaparecido.

Fernando estaba tan ensimismado mirando el efecto que los tacones producían en sus pantorrillas que no oyó los primeros suaves golpes en la puerta. Cuando se percató de que alguien intentaba entrar quedó paralizado. Menos mal que había echado el pestillo.

- ¿Quién es?
- Señorito Fernando, déjeme entrar. Soy Danay.

Se quería morir. No supo que contestar y recordó lo que su madre decía a los vendedores.

- Gracias pero no me interesa.
- Cuando vea lo que le voy a enseñar sí que le interesará.

Fernando estaba a punto del colapso. Sólo de imaginar qué podría enseñarle Danay se le paraba el pulso. Se acercó a la puerta y dijo, apenas con un hilo de voz:

- Gracias Danay, pero no quiero sexo.
- ¿Sexo? Será cochino, oiga que yo soy una persona decente. Ábrame la puerta y no diga más tonterías.

Asustado por la reacción abrió a tiempo de ver como a Danay se le caía al suelo una gran caja gris y montones de documentos se desparramaban por el pasillo.

- Aprisa señorito, ayúdeme a recogerlo todo.

En ello estaban cuando oyeron pasos que se acercaban. Danay le empujó hacia dentro de la habitación y cerró la puerta.

Allí estaban los dos cargados de papeles mirándose a los ojos. Fernando vio como los ojos color miel de ella le recorrían de arriba abajo y, antes de que él pudiese decir algo, su sonrisa.

- Vaya, vaya, parece que heredó usted las costumbres de su papá. Esas sandalias siempre fueron sus favoritas.


TOC-TOC.

- Fernando, ¿estás despierto?

11. Zapatos

Caía ya la primera noche, cuando Fernando se desplomaba sobre su cama. Era una habitación amplia con una gran cama, mesitas auxiliares a sendos lados de ésta y un ropero enorme que cubría toda una pared y que previamente el propio Fernando inspeccionó con sigilo y cuidado. En su interior había prendas antiguas,  masculinas y femeninas, las cuales llamaron su atención. Y más de veinte cajas de zapatos apiladas en una sola columna.

Tumbado boca arriba, hacía repaso del día, de sus nuevos conocidos, los cuales eran excesivamente cercanos y familiares, con un trato demasiado confianzudo, pero no le molestaba realmente. Pensaba también en los pocos minutos que le quedaban para hacer la llamada a España, de recordar las ágiles y desenvueltas caderas de la tal Danay, en la abundante cena preparada con esmero por Cándida… Sin embargo, cada uno de estos pensamientos era interrumpido. No podía concentrarse en nada. Algo le rondaba por su cabeza.

No podía evitarlo, pegó un respingo de la cama, se acercó al ropero y abrió las dos amplias hojas; de esta forma se reflejaría en los espejos interiores viéndose perfectamente por delante y por detrás.

Como nunca antes, Fernando disfrutó como un niño con zapatos nuevos.  De salón, cerrados Pump, sttilettos verdes, sandalias rojas, de punta estrecha, redondeados, bailarinas, más grandes, más pequeños, de su número!!!… Zapatos de mujer!!! Se los probó todos, caminó de arriba abajo por toda la habitación y por unos minutos fue tremendamente feliz.

10. Son son

Ahí estaba Fernando moviendo la cabeza al ritmo de las caderas de Danay. No solía sentirse incómodo por el silencio cuando estaba con otras personas, como el ascensor. Siempre conseguía evadirse con facilidad, pero este caso era diferente. Una chica, otro país y esa música que hipnotiza.
Debía hacer eso de "romper el hielo".
- ¿Usté es el hemmano del señol Cal-lo? - Afortunadamente fue Danay quien habló primero.
Fernando miraba sin querer mirar a la preciosa cubanita y respondía con un simple - uhmm sí -
- ¿Es la primera vez que viene a la isla?
- Uhm.. Sí - Sudaba mientras respondía
- En cuba hay mucho son m´hijo, sabrosssón. Vamos señol, baile usté también, si no nunca va a vivir la isla.
Danay se acercó balanceando sus caderas de izquierda a derecha y agarró las manos de Fernando.
Fernando , sin saber cómo ni porqué se descubrió a sí mismo al lado de Danay siguiendo las instrucciones que ésta le dictaba.
- Vamos m´hijo, mueva las caderas y la sintura, con gracia m´hijo, con gracia, asííí

- No sabemos lo que ronda la cabeza de este hombre, pero así no va hacer girar ni un hulahop - Comentaba en voz baja Carlos con Cándida en el marco de la puerta.

- Señol Cal-lo, vamos por buen camino, ¡ay si su padre viese esto!

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