Fernando fingió despertar. Aun así, tuvo la sensación de que había pasado una semana entera encerrado en aquel coche.
Camagüey le había parecido una ciudad más, con bloques de viviendas surcados por cables en todas las direcciones, que transferían canales de televisión clandestinos, energía eléctrica o teléfono de una casa a otra. Pero Cabo Cruz... aquello eran otras palabras.
Al ver las montañas alrededor Fernando sintió que estaba dentro de uno de sus libros 3D. Por primera vez se relajó, cruzó la vista en su mente y vio la isla con otros ojos. Aquel lugar no estaba tan mal. "¿Yo podría vivir aquí?", pensó para sus adentros.
Salieron del coche. Fernando, Carlos, la señora Cándida, Miguel y Danay se dirigieron a una cantina cercana a la costa. Danay parecía nerviosa. Carlos lo notó, pero no dijo nada. Llevaba mucho tiempo planeando todo y no quería levantar sospechas.
Conforme subían por la pasarela de madera, Fernando palpó en su bolsillo el frasco con el líquido azulado que había en la caja. Ignoraba lo que era, pero apretó la mano como gesto para afianzarlo. Entraron en la cantina y se sentaron alrededor de una mesa.
- Llegáis tarde -dijo el cantinero.
- Lo siento, ya conoces las carreteras -dijo Carlos.
- No quiero que os retraséis nunca más -dijo el cantinero.
LA MONEDA
Fernando seguía con interés nulo las explicaciones turísticas que recibía de cada lugar por donde pasaban. Intentaba concentrarse en sus pensamientos pero, con aquella cotorra de Cándida intentando que supiese todo lo que había que saber de cada aldea era imposible. Fingió dormir.
- Su hermano es imposible, ha vuelto a dormirse.
- Déjalo Candida, que descanse. Lo necesitamos bien espabilado.
Ahora sí podía pensar a gusto.
Visualizó la moneda. Era grande, como de cobre, pesaba bastante. Nunca hasta ese momento había sabido de donde salía. Por los papeles que le enseñó Danay, parecía que era parte de un tesoro, de un tesoro escondido que su padre sabía donde encontrar.
Su padre, gran tipo. De niño siempre le hablaba de los piratas, de las islas, del mar. No le extrañó que se fugase con una brasileña. Su madre era buena mujer, pero de Soria, poca sangre aventurera. Él era como su madre, aunque querría haber sido como su padre. Carlos sí era aventurero… Y Danay preciosa… La moneda… la suya, la que él tenía en casa era parte de un lote que su padre le dio a guardar antes de irse: Una moneda, un par de guantes de boxeo, la licencia del taxi y la calavera de mono… ¡Hostia, la calavera! No se había vuelto a acordar de ella. Se la cambio al colega ese de la librería de viejo por un lote especial de libros en 3D. Nunca le gustó, era repelente. Por si no fuera poco con saber que era un cráneo de mono muerto, pensar que alguien había grabado aquel mapa, con un cuchillo, rascando… le daba dentera sólo de pensarlo. Fernando recordaba exactamente como era el mapa… ¿del tesoro? Dioses, él sabía donde estaba escondido el tesoro… y Carlos, quien sabe por qué, se lo imaginaba… ¿Podía fiarse de Carlos? ¿Por qué Danay le dio a él la caja a escondidas de su hermano? ¿Podía fiarse de Danay?
- Despierta tío, te lo estás perdiendo todo. Ya casi hemos llegado.
- Su hermano es imposible, ha vuelto a dormirse.
- Déjalo Candida, que descanse. Lo necesitamos bien espabilado.
Ahora sí podía pensar a gusto.
Visualizó la moneda. Era grande, como de cobre, pesaba bastante. Nunca hasta ese momento había sabido de donde salía. Por los papeles que le enseñó Danay, parecía que era parte de un tesoro, de un tesoro escondido que su padre sabía donde encontrar.
Su padre, gran tipo. De niño siempre le hablaba de los piratas, de las islas, del mar. No le extrañó que se fugase con una brasileña. Su madre era buena mujer, pero de Soria, poca sangre aventurera. Él era como su madre, aunque querría haber sido como su padre. Carlos sí era aventurero… Y Danay preciosa… La moneda… la suya, la que él tenía en casa era parte de un lote que su padre le dio a guardar antes de irse: Una moneda, un par de guantes de boxeo, la licencia del taxi y la calavera de mono… ¡Hostia, la calavera! No se había vuelto a acordar de ella. Se la cambio al colega ese de la librería de viejo por un lote especial de libros en 3D. Nunca le gustó, era repelente. Por si no fuera poco con saber que era un cráneo de mono muerto, pensar que alguien había grabado aquel mapa, con un cuchillo, rascando… le daba dentera sólo de pensarlo. Fernando recordaba exactamente como era el mapa… ¿del tesoro? Dioses, él sabía donde estaba escondido el tesoro… y Carlos, quien sabe por qué, se lo imaginaba… ¿Podía fiarse de Carlos? ¿Por qué Danay le dio a él la caja a escondidas de su hermano? ¿Podía fiarse de Danay?
- Despierta tío, te lo estás perdiendo todo. Ya casi hemos llegado.
17. Destino Cabo Cruz
Y murió. El Sr. D. Carlos fallecía a las 17:26 horas del 7 de julio arropado por casi toda su familia.
……
Fernando abrió los ojos, viéndose recostado sobre el asiento trasero del Cadillac conducido por Miguel. Horas antes, Carlos ayudado por Miguel había cargado del desvanecido y ebrio Fernando hasta el vehículo, donde los cinco emprendían viaje hacia el sur de la isla. Les esperaba una travesía difícil y dura, por caminos castigados por los años.
Entonces, observó la situación, y se extrañó:
- Carlos, ¿qué hacemos? ¿a dónde vamos?...¿que hacemos todos, Danay, la Sra. Cándida, Miguel… todos en el coche? – y de nuevo, se calló, y recordó de repente una frase, la última: “Papá se muere”. Estaba confundido, mareado, con el pensamiento disperso, se sentía mal, su cuerpo respondía ralentizado. Era una resaca espantosa la que tenía Fernando.
La Sra. Cándida le dio una botella de agua con limón.
- Tómela Señorito Fernando. Se sentirá mejor – y sonrió.
Todos callaban en el interior del vehículo, y pensamientos veloces iban y venían ocupando una pequeña, o la total, parte de su cerebro: “papá se muere”, “la moneda que llevaba consigo”, “Fernando y el tesoro robado?” “¿la última voluntad de quién? ¿de su padre?”… “Dios mío, ¿qué hago yo aquí en Cuba?”… y a los pocos minutos, quedó nuevamente dormido.
Atravesaban Cienfuegos, cuando despertó por fin más aliviado. Era el turno de Carlos.
- Fernando, estamos viajando rumbo a Camagüey. Allí haremos nuestra penúltima parada antes de llegar a Cabo Cruz. Para todos es nuestro primer y, seguramente, último viaje… allí vive papá.
……
Carlos desconocía algo, había tratado de jugar bien sus cartas pero por alguna razón, no se habían mezclado adecuadamente. Fernando no volvería a encontrarse con su padre.
16. Voluntad
Carlos tenía preparado un día muy especial para su hermano. Le llevaría a conocer La Habana y se harían fotos en el Malecón, tratarían de tomar algo en la Bodeguita de Enmedio y quiso creer que acabarían en un hotel con alguna chica cubana, pero lo cierto es que no esperaba que Fernando se esmerara en nada concerniente al sexo opuesto.
- Buenos día Carlos, ¿qué planes hay para hoy?
- Pues había pensado que fuésemos a la Habana y conocie..- en este instante le interrumpió Fernando.
- Carlos, yo no tengo muy claro que quiera estar en Cuba ¿puedo volver a casa?. Fernando había decidido meter en un rincón muy chiquitito de su cerebro todo lo acontecido con Danay, con el tesoro y con su aterrizaje en general. Lo quería guardar en el mismo rincón cerebral que guardó los buenos recuerdos compartidos con su padre.
- Esto, Fernando, ¡acabamos de llegar! ¿tienes idea de cuánto cuestan los billetes?. Nos vamos a quedar sólo unas semanas.
- ¿Pero, qué hacemos en Cuba?, ¿por qué Cuba?
- Te lo contaré mientras paseamos por la Habana.
Cogieron un taxi que les llevó directamente a la Bodeguita de Enmedio.
- Fernando, aquí ponen los mejores mojitos, son insuperables. Este sitio está un poco deprimido, pero aquí han actuado los mejores artistas de Cuba...
Carlos hablaba y hablaba y Fernando sólo pensaba que La Habana le estaba pareciendo un lugar muy sucio y triste, un poco antiguo, pero parecía que su hermano hubiese vivido allí siempre. Saludó a los vendedores de la puerta por sus nombres y se acercó a una mujer con su niña, le habló discretamente y le entregó lo que parecía una bolsa con ¿pañales?.
- Carlos, no me gusta esto que tiene hierbas en el vaso.
- Fernando, se llama mojito y está exquisito, bebe hombre, bebe.
Un mojito más tarde Fernando estaba borracho, nunca bebía, miró a su hermano Carlos y le dijo.
- No me encuentro bien, creo que se me está hinchando la lengua, casi no puedo hablar, Fernando, no me quiero morir en Cuba, pero si eso pasa, déjale toda mi ropa a Danay, ella lo comprenderá.
- ¿De qué me estás hablando Fernando? Estas borracho nada más.
- ¿No me estoy muriendo?
- Claro, que ¡no!
- Pues entonces ¿¡qué estamos haciendo aquí!? quiero mi explicación.- Se levantó Fernando con el dedo apuntando al cielo y casi se cae al suelo.
- ¡Siéntante! todos nos miran. Fernando, hemos venido porque eres la última voluntad de Papá.
- ¡Papá se muere!, gritó Fernando y acto seguido, su frente golpeó la mesa y así se quedó hasta que Carlos decidió que era hora de irse.
- Buenos día Carlos, ¿qué planes hay para hoy?
- Pues había pensado que fuésemos a la Habana y conocie..- en este instante le interrumpió Fernando.
- Carlos, yo no tengo muy claro que quiera estar en Cuba ¿puedo volver a casa?. Fernando había decidido meter en un rincón muy chiquitito de su cerebro todo lo acontecido con Danay, con el tesoro y con su aterrizaje en general. Lo quería guardar en el mismo rincón cerebral que guardó los buenos recuerdos compartidos con su padre.
- Esto, Fernando, ¡acabamos de llegar! ¿tienes idea de cuánto cuestan los billetes?. Nos vamos a quedar sólo unas semanas.
- ¿Pero, qué hacemos en Cuba?, ¿por qué Cuba?
- Te lo contaré mientras paseamos por la Habana.
Cogieron un taxi que les llevó directamente a la Bodeguita de Enmedio.
- Fernando, aquí ponen los mejores mojitos, son insuperables. Este sitio está un poco deprimido, pero aquí han actuado los mejores artistas de Cuba...
Carlos hablaba y hablaba y Fernando sólo pensaba que La Habana le estaba pareciendo un lugar muy sucio y triste, un poco antiguo, pero parecía que su hermano hubiese vivido allí siempre. Saludó a los vendedores de la puerta por sus nombres y se acercó a una mujer con su niña, le habló discretamente y le entregó lo que parecía una bolsa con ¿pañales?.
- Carlos, no me gusta esto que tiene hierbas en el vaso.
- Fernando, se llama mojito y está exquisito, bebe hombre, bebe.
Un mojito más tarde Fernando estaba borracho, nunca bebía, miró a su hermano Carlos y le dijo.
- No me encuentro bien, creo que se me está hinchando la lengua, casi no puedo hablar, Fernando, no me quiero morir en Cuba, pero si eso pasa, déjale toda mi ropa a Danay, ella lo comprenderá.
- ¿De qué me estás hablando Fernando? Estas borracho nada más.
- ¿No me estoy muriendo?
- Claro, que ¡no!
- Pues entonces ¿¡qué estamos haciendo aquí!? quiero mi explicación.- Se levantó Fernando con el dedo apuntando al cielo y casi se cae al suelo.
- ¡Siéntante! todos nos miran. Fernando, hemos venido porque eres la última voluntad de Papá.
- ¡Papá se muere!, gritó Fernando y acto seguido, su frente golpeó la mesa y así se quedó hasta que Carlos decidió que era hora de irse.
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